Fora — 03 Novembro 2016
LÚCIA LACARRA: UMA DAS MAIORES BAILARINAS DA ACTUALIDADE

A bailarina basca volta a Madrid no início de Novembro pela mão do coreógrafo britânico Russell Maliphant

Lucía Lacarra, el lunes en los teatros del Canalll-3

Lucía Lacarra lleva casi la mitad de su vida gastando zapatillas lejos de su tierra, San Sebastián, donde nació hace 41 años. Es una de las componentes de ese brillantísimo exilio de la danza española, y ha dejado su impronta en compañías como el Ballet de Víctor Ullate (con el que se formó), el Ballet de Roland Petit, el Ballet de San Francisco o el Ballet de la Ópera de Múnich, cuyas filas dejó hace unos meses. Esta semana vuelve a Madrid junto a una de las grandes personalidades de la danza británica de hoy: Russell Maliphant, con cuya compañía bailará en el espectáculo «Conceal / Reveal» que se presenta mañana en los teatros del Canal. «La primera vez que trabajé con Russell supuso para mí un descubrimiento enorme, porque era algo totalmente nuevo para mí. Posee un lenguaje propio, bailar sus coreografías te da alas y te permite descubrirte a ti mismo, algo absolutamente incomparable».

La vida de Lucía Lacarra ha experimentado notables cambios en los últimos meses. No solo ha dejado atrás catorce años en Munich; el año pasado se convirtió en madre, y eso, reconoce, ha cambiado no solo su vida, sino también su forma de bailar y de ver la danza. «Las prioridades cambian cuando tienes una niña; no sabes nunca cómo te va a afectar a tu trabajo y a tu vida. Yo bailé hasta los seis meses de embarazo, hice el ballet “La dama de las camelias” completo –tres horas- en ese momento. Y bailé mi primera función a las ocho semanas de dar a luz. No dudé en ningún momento que quería volver a bailar. Naturalmente, mi hija es lo más importante para mí, pero yo sigo siendo yo, mi vida ha sido la danza. La diferencia es que ahora cada segundo que no estoy bailando lo paso con ella. Eso es lo que me ha cambiado más. El baile, antes, vivía conmigo; salía del escenario y seguía pensando en los ensayos, en las clases… Ahora no, en el momento en que salgo por la puerta del teatro, la danza ya no existe para mí: sólo está mi hija. Y es refrescante; mi cerebro tiene un descanso que antes no tenía y tengo una vida que antes tampoco tenía. Es maravilloso».

Esta nueva vida, asegura la bailarina donostiarra, «me llena, me multiplica las emociones, los sentidos… Y eso ayuda en el escenario, porque yo siempre he buscado utilizar emociones verdaderas. El amor que sientes que crece dentro de ti cuando tienes un hijo es un amor que no has descubierto nunca hasta entonces, y lo puedes entregar, lo puedes utilizar».

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Con cuarenta años ya cumplidos y una fecunda carrera (comenzó a los quince), la palabra retirada empieza a hacerse visible, aunque Lucía Lacarra no se plantea plazos. «Nunca he pensado en el futuro a largo plazo, porque es algo que no puedes controlar. Me lo planteo según va llegando. Soy una persona muy realista y muy crítica conmigo misma; la edad va avanzando y, para hacer una carrera de calidad, tienes que ir adaptándote a esa edad, no puedes ir en contra. Con cuarenta hay que trabajar mucho más de lo que lo hacías con veinte, simplemente para mantener el nivel. Y llegará un momento, claro que sí, en que me tenga que plantear la retirada. No quiero que llegue ese momento en que no pueda hacer en el escenario el trabajo que el público se merece. Le tengo mucho respeto. Solo quiero seguir bailando mientras sepa que sigo haciéndolo con el nivel que debo ofrecerles. No quiero agarrarme a una rama hasta que se rompa y me caiga».

Lacarra se siente plenamente realizada con su carrera. «Nunca me hubiera imaginado que llegaría a hacer todo lo que he hecho. Yo lo que quería, simplemente, es bailar, y todo lo demás ha sido un regalo». Su intención es seguir vinculada a la danza. «Es mi vida». Sabe lo que no quiere hacer: «Ni coreografiar, que es un trabajo completamente distinto al de bailar, y requiere una necesidad de crear y de expresarse que yo nunca he tenido; ni dar clases». Su futuro está «en la cocina, en la organización. Me gustaría pasar al otro lado, sentarme en un despacho y hacer bailar a la gente».

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Pero eso es el futuro. Su presente, ahora, sigue siendo bailar. «Lo disfruto mucho más que hace veinte años. Lo que uno gana con la edad es algo que no se puede conocer a los veinte años. A esa edad eres todo energia y adrenalina. A los cuarenta años tienes la experiencia que te ha nutrido, y saboreas cada movimiento, cada sensación, cada momento. De lo que más he aprendido es de la lesión de la rodilla que tuve hace un tiempo. Me la rompí en el escenario, en mitad de una variación, y me hizo aprender muchas cosas. Los bailarines somos obsesivos, que no te salga un paso te puede arruinar toda una noche. No nos damos cuenta de que podemos ofrecer actuaciones maravillosas sin que sean técnicamente perfectas. Lo importante es el equilibrio entre la emoción y la precisión, entre el control y dejarse llevar. Y aquel día, cuando me lesioné, me di cuenta de que mi afán de perfección técnica había sido una pérdida de tiempo , y que aquélla había sido mi peor función porque me había lesionado… Y porque no la pude terminar».

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Entrevista de Júlio Bravo

 

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Antonio Laginha

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